POSTS BY MONDOESCRITO

  • EL REALISMO, ALADINO Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA (CÉSAR AIRA)

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    UDP Cátedra Bolaño – César Aira from udp on Vimeo.

  • CUADERNO DE NOTAS (ANTON CHÉJOV)

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    En los últimos trece años de su vida, el escritor de La dama del perrito llenó numerosas libretas con apuntes de futuros trabajos, anotaciones acerca de la vida cotidiana, observaciones sobre el comportamiento de la gente, etcétera. El resultado es una obra —inédita en español— escrita con levedad y un humor delicado y al mismo tiempo agudo de la que ofrecemos la siguiente selección.

    El deseo de servir al bien común debe ser obligatoriamente una necesidad del corazón, una condición de la felicidad personal; si no proviene de allí, si nace sólo de consideraciones teóricas o de otro tipo, no sirve.

    Los hipócritas ordinarios aparentan ser palomas; los hipócritas de la política y de la literatura, águilas. Que su aire aquilino no te intimide. No son águilas, sólo ratas o perros.

    Ahora la gente se vuela la tapa de los sesos porque está harta de la vida o por razones semejantes; en otra época, por haber malgastado dinero del erario público.

    ¿Por qué a Hamlet lo obsesionaban tanto las visiones del más allá, cuando nuestra vida real está presa de imágenes mucho más horribles?

    Pedí a un músico muy conocido una entrada para un joven; me respondió: “Se ve que usted no es músico”. Le respondí: “Se ve que usted es rico”.

    Lo que sentimos al estar enamorados es, probablemente, normal. El estado amoroso indica a cada persona cómo debe ser.

    El cuñado, después de la cena: “Todo llega a su fin en este mundo. Recuérdenlo: quien se enamora, sufre, se equivoca, se arrepiente; y quien deja de amar, recuérdenlo también, comprende que ha llegado el fin de todo”. La amante del cuñado encanecía. El cuñado aún era muy bello.

    Él piensa que comprende el arte y el estilo antiguos… Con aire de connoisseur, mira los cuadros, y el anticuario, aunque lo alaba, en secreto se asquea de su ignorancia y termina haciéndole pagar lo que él quiere. Visita exposiciones, a los grandes marchands…, por momentos se queda contemplando largamente las pinturas, los grabados, los bibelots… y al fin compra una chuchería, un cuadrito de pacotilla. Así revela su verdadero rostro.

    El cuñado corteja a la joven esposa. “Lo que usted necesita es un amante”.

    Él no había sido feliz más que una sola vez en su vida: bajo un paraguas.

    La hija trataba de que el viejo volviera al buen camino, dándole a entender que había de morir pronto, que le era imprescindible arrepentirse; pero todo se estrellaba contra un muro de auto-admiración.

    Sírvame una porción de gran maestro de la calumnia y la maledicencia con puré de manzanas, por favor. El camarero, que no comprendía, molesto con su propia falta de perspicacia, hubiera querido responder algo, pero Pochakín le echó una mirada severa y le dijo: ¡Fuera! Poco más tarde el camarero trajo lengua con puré: había comprendido.

    Un hombre honesto llega a sentir vergüenza, a veces, delante de un perro.

    Una muchacha pobre, alumna del Liceo, cinco hermanos, se casa con un funcionario adinerado que le echa en cara cada pedazo de pan, le exige obediencia y gratitud (él es el autor de su felicidad), se burla de su familia. “Toda persona tiene sus obligaciones”. Ella lo soporta todo, tiene miedo de contradecirlo, terror de volver a caer en la pobreza. Cierto día, uno de los superiores de su marido los invita a un baile. En este baile, la joven esposa causa sensación. Un hombre importante se enamora de ella, la convierte en su amante (desde ahora, pase lo que pase, tendrá de qué vivir). Y al ver que los jefes la adulan y su marido la necesita, empieza a hablarle a éste con desprecio: “¡Vete al diablo, imbécil!”

    Extracto del Diario de un perro viejo: “Los humanos no comen los huesos que la cocinera hizo hervir para la sopa, ni beben el agua en que los hirvió. ¡Qué idiotas!”

    Es necesario educar a una mujer de modo que sepa reconocer sus errores; de otro modo, siempre creerá tener razón.

    Suba, suba usted esa escalera que llaman la Civilización, el Progreso; ascienda, sí, se lo aconsejo sinceramente. ¿Que adónde sube? Pues le digo la verdad: no tengo la menor idea. Pero sólo porque existe esa escalera vale la pena vivir.

    Predicar la novedad en el arte es propio de los inocentes y los puros; pero ustedes, rutinarios, ¡ustedes han tomado el poder y no consideran como legítimo sino lo que ustedes hacen! ¡Nada más! El resto del arte, ustedes lo aplastan.

    No existe una “ciencia nacional”, del mismo modo que no existe la tabla de multiplicar nacional; lo nacional no tiene nada que ver con lo científico.

    “Hazte amigos de injusta riqueza”, reza el proverbio, porque la riqueza justa no existe ni puede existir.

    Los muertos no se avergüenzan aunque hieden horriblemente.

    Si alguien elije una ocupación que le es ajena, el arte por ejemplo, se vuelve infaltablemente un funcionario. ¡Cuántos funcionarios en la ciencia, el teatro y la pintura! A aquel a quien la vida le es ajena; a aquel que no está dotado para la vida, no le queda más remedio que volverse un funcionario.

    Me he dado cuenta de que, no bien uno se casa, pierde toda curiosidad.

    Tiene dos esposas: una en Petersburgo, la otra en Kerch. Y, todo el tiempo, escándalos, amenazas, telegramas. Llega al borde del suicidio. Pero termina por encontrar una solución: vive con sus dos mujeres juntas. Las dos están estupefactas, como petrificadas: pero es así como se callan, se vuelven inesperadamente silenciosas.

    Detrás de la puerta de un hombre feliz debería haber siempre alguien con un pequeño martillo: alguien que no dudara en darle un golpecito para recordarle que hay gente infeliz y que después del tiempo de la dicha vendrá el de la desdicha, infaltablemente.

    Una correspondencia. Un joven sueña con consagrarse a la literatura. No deja de decirlo en las cartas a su padre. Por fin se decide abandonar su empleo y parte a Petersburgo y se consagra a la literatura… consiguiendo el puesto de censor.

    Un hombre, a quien la rueda de un vagón arrancó una pierna, se inquieta porque en la bota de la pierna perdida había 21 rublos.

    Contenta de que los invitados por fin se marchen, la dueña de la casa dice: Pero quédense un poco más. ¿Qué tienen que hacer ahora?

    ¿Qué se puede esperar de un hombre que después de haber cometido tantas ignominias es capaz de llorar?

    Que las generaciones futuras alcancen la felicidad: pero, eso sí, sin dejar de preguntarse qué ideales tuvieron sus antepasados, en nombre de qué sufrían.

    El hombre del estuche. Él, metido en sus botas de goma. Su paraguas dentro del estuche. Su reloj adentro de una caja. Su cuchillo dentro de la vaina. Tendido en su ataúd parecía sonreír: había alcanzado su ideal.

    “…Esa mujer… Me casé a los veinte años, no he tomado un solo trago de vodka en toda mi vida, no he fumado un solo cigarrillo…” Y sin embargo… Después que hubo pecado todos lo amaron más aún y le tuvieron más confianza. Y, caminando por la calle, comenzó a darse cuenta de que la gente era más tierna y gentil con él, sólo porque era un pecador.

    Una mujer de ideas radicales, que sin embargo se santigua cada noche antes de dormirse y está secretamente llena de prejuicios y supersticiones, escucha decir que para ser feliz hay que hacer hervir, de noche, un gato negro. Roba un gato y, cuando todos duermen, se lo cocina.

    Hay escritores cuyas obras, consideradas por separado, nos parecen brillantes, pero en conjunto apenas si nos impresionan. Por el contrario, en otros casos, un solo libro no nos sugiere nada en particular, pero el conjunto de las obras nos parece límpido y brillante.

    N toca a la puerta de una actriz; está confundido, su corazón late fuerte, finalmente tiene miedo y huye; la criada abre la puerta y no ve a nadie. N vuelve, toca de nuevo la puerta, y una vez más no se atreve a entrar. Por fin llega el conserje y le da una paliza.
    N se casa. Su madre y su hermana atribuyen a la mujer una cantidad enorme de defectos, están muy afligidas. Sólo dentro de tres a cinco años comprenderán que la mujer es exactamente como ellas.
    El perro detesta al maestro particular: no lo dejan ladrarle. Lo mira, no ladra, pero cada tanto llora de odio.
    La muerte nos causa espanto. Pero sería aún más espantoso saber que viviremos eternamente, sin morir una vez sola.
    La universidad desarrolla todas nuestras capacidades, incluso la idiotez.
    Festejaban el cumpleaños de un hombre modesto. Aprovechaban la ocasión para hacerse ver, para halagarse los unos a los otros. Y no fue sino al fin de la velada cuando cayeron en la cuenta: el héroe de la fiesta no había sido invitado, se habían olvidado de él.
    ¡Qué hartos estamos de nuestro propio servilismo, de nuestra hipocresía!
    “Cigarras de la mejor calidad”, leía X, al pasar todos los días por la calle y, cada vez, se sorprendía: ¿cómo es posible que vendan cigarras, y quién puede tener necesidad de una cigarra? Sólo treinta años más tarde leyó con atención: “Cigarros de la mejor calidad”.
    Algunas clases, no las que trabajan sino aquellas que se proclaman dirigentes, no pueden privarse mucho tiempo de la guerra. Sin guerra, se aburren. La ociosidad los fatiga y los enerva, no saben ya para qué viven, se devoran mutuamente, ponen todo su esfuerzo en decirse la mayor cantidad de maldades posible, aunque tratando de quedar impunes. Pero llega la guerra, afecta a cada uno, se inmiscuye en todas partes, y la infelicidad va tejiendo lazos entre los unos y los otros.
    Una señorita coqueta, entre risas: “Todo el mundo me tiene miedo… los hombres, el viento… Ah, qué importa… ¡No me casaré jamás!” Su hogar es una desgracia, su padre es alcohólico.
    Si la gente pudiera ver cómo trabaja con su madre, cómo ella misma se esfuerza por esconder a su padre, todos le profesarían un respeto profundo… Pero también se asombrarían de que le dé tanta vergüenza su pobreza, su trabajo, y que no se avergüence de las tonterías que dice.
    Una niñita, deslumbrada por su tía: Qué bonita es… ¡como nuestro perro!
    Un niño de buena familia, caprichoso, malcriado, testarudo, agota a toda su familia. Su padre, un funcionario, mientras está tocando el piano, siente que lo odia. Un día lo lleva al fondo del jardín y lo castiga con placer y, enseguida, siente un profundo disgusto. El hijo llegó a oficial, pero el disgusto persistió.
    La madre es una mujer de convicciones, el padre también. Dan clases. Escuelas, museos, etc. Ganan dinero. Y sus hijos son la gente más ordinaria que puede imaginarse: derrochan, especulan en la bolsa.
    Marido y mujer tienen siempre invitados en casa, porque si se quedan solos, se estrangulan.
    Si no quieres tener mucho tiempo, no hagas nada.
    Son miembros de una sociedad para el fomento de la sobriedad, pero beben cada tanto una copa.
    El hombre inteligente dirá: “Eso es mentira, pero como el pueblo no puede vivir sin la mentira, como la historia la ha consagrado, sería muy peligroso suprimirla de un solo golpe; dejemos intacta la mentira por el momento, sólo con algunas correcciones”. Pero el genio dirá: “Es una mentira: no debe existir”.
    Un escritor sin talento alguno, que se obstina en escribir, hace pensar, por su orgullo, en un pontífice.
    La esposa es escritora. Esto disgusta al marido que, sin embargo, por delicadeza, nunca le dice nada, y sufre toda la vida.
    Destino de una actriz. Al principio: una buena familia de Kerch, una vida tediosa, una sorprendente pobreza de impresiones. Después, la escena: la virtud, el amor ardiente, los amantes. El final: se envenena, pero sin éxito. Vuelta a Kerch: vive con su tío, delicias de la soledad. La vida le ha demostrado que un artista debe abstenerse del vino, del matrimonio, de la barriga prominente. La escena no será un arte sino el porvenir; por el momento, no es más que una lucha por el propio futuro.
    (Enojado, sentencioso.) —¿Por qué no me das a leer las cartas de tu mujer? Somos parientes, después de todo.
    Para una pieza: un personaje que miente todo el tiempo, sin necesidad ni razón.
    Cuando un actor tiene dinero, no son cartas lo que envía, no, sino telegramas.
    Todo es mejor allí donde no estamos; el pasado sólo puede parecernos maravilloso cuando lo dejamos atrás.
    Un hombre, muy culto, miente toda su vida a propósito del hipnotismo y del espiritismo, y todos le creen. No obstante, es un hombre de bien.
    El amor. O bien esto es lo que queda de algo que fue desvaneciéndose pero que otrora fue inmenso, o bien es una parte de algo que un día se volverá inmenso pero que, en el presente, sólo deja insatisfacción y brinda mucho menos de lo que se esperaba.

    Una mujer de muchísimo dinero, lo esconde por todas partes: alrededor de su cuello, entre sus piernas.

    No me espantan ya los esqueletos. Me espanta que ni los esqueletos me espanten.
    NN, hombre de letras y crítico, seguro de sí mismo, muy liberal, perora (a propósito de la poesía): acepta esto, desprecia esto otro y no comprende que es un hombre sin el mínimo talento (yo no lo he leído). Alguien propone partir para Ai Petri. Yo digo: lloverá. Pero allí vamos, de todos modos. Barro en la ruta, llueve, el crítico está sentado junto a mí, y yo compruebo su mediocridad. Lo atienden con sumo cuidado, lo tratan como a un obispo. Cuando el tiempo se aclara, yo vuelvo a pie. ¡Con qué facilidad se deja engañar la gente, cómo aman a los profetas, a los visionarios, qué chusma…! Otro hombre de pro nos acompaña: un consejero de Estado, de edad madura, que no dice palabra, persuadido de tener razón, desprecia al crítico porque está tan desprovisto de talento como él. Y una muchacha que tiene miedo de sonreír en presencia de tanta gente inteligente.
    Entre los insectos, el gusano se vuelve mariposa; entre los humanos, por el contrario, es la mariposa la que se vuelve gusano.
    Más vale morir a manos de un imbécil, que recibir de él un solo halago.
    Comenzó una relación con una mujer de 45 años y a escribir historias de horror, casi al mismo tiempo.
    Un viejo de 80 años dice a otro, de 60: ¿No le da vergüenza, joven?
    Si usted teme a la soledad, no se case.
    Un consejero de Estado, un hombre respetable. De pronto se descubre que, sin que nadie lo sepa, es el dueño del prostíbulo.
    Para estudiar a Ibsen, ha aprendido el sueco, le ha consagrado mucho tiempo de trabajo; y de pronto se da cuenta de que Ibsen es un escritor mediocre; y se pregunta qué podrá hacer ahora con su sueco.
    Una joven inteligente: Yo no sé fingir… yo no miento jamás… yo tengo principios… Todo el tiempo yo… yo… yo…
    Todo aquello que los viejos no pueden hacer está prohibido o se considera punible.
    Qué agradable quedarse en casa cuando la lluvia tamborilea sobre el tejado y sabes que no tienes alrededor a nadie que te moleste o que te aburra.
    Dios mío, no me permitas juzgar aquello que no comprendo o no conozco. No me dejes siquiera hablar de ello.
    Mi lema: No necesito nada.

    Anton Chéjov. Cuadernos de notas (Traducción y posfacio de Leopoldo Brizuela, introducción de Vlady Kociancich). La Compañía, México, 2011. 187 pp

    Vía Milenio Online
  • ALIMENTANDO A LA MUSA (RAY BRADBURY)

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    No es fácil. Nadie lo ha hecho nunca de modo sistemático. Los que más se esfuerzan acaban ahuyentándola al bosque. Los que le vuelven la espalda y se pasean despreocupados, silbando bajito entre dientes, la oyen andar tras de ellos con cautela, atraída por un desdén cuidadosamente adquirido.
    Por supuesto, hablamos de La Musa.
    El término he desaparecido del lenguaje de nuestro tiempo. Las más de las veces sonreímos al oírlo y evocamos imágenes de una frágil diosa griega cubierta de helechos, arpa en mano, acariciando la frente de nuestro sudoroso Escriba.
    La Musa, entonces, es la más asustadiza de las vírgenes. Se sobresalta al menor ruido, palidece si uno le hace preguntas, gira y se desvanece si uno le perturba el vestido.
    ¿Qué la aflige?, se preguntarán ustedes. ¿Por qué la estremece una mirada? ¿De dónde viene y adónde va? ¿Como lograr que nos visite por períodos más largos? ¿Qué temperatura la complace? ¿Le gustan las voces fuertes o las suaves? ¿Dónde se le compra el alimento, de qué calidad y cuánto, y a qué horas come?
    Podemos empezar parafraseando un poema de Oscar Wilde, sustituyendo la palabra «Arte» por «Amor»:
    El Arte escapará si tu mano es floja,
    y morirá si aprietas demasiado.
    Mano leve, mano fuerte, ¿como saber
    si retengo el Arte o lo he soltado?
    Qué cada cual reemplace «Arte» por «Creatividad», o «Inconsciente» o «Ardor», o cualquier palabra que describa lo que ocurre cuando uno gira la rueda de fuego y un relato «sucede».
    Quizás otra forma de describir a La Musa sería reexaminando esas pequeñas motas de luz, esas etéreas burbujas que cruzan flotando la visión de todos, diminutas pecas en la lente externa y transparente del ojo. Inadvertidas años enteros, pueden volverse de pronto insoportablemente molestas, interrumpirnos a cualquier hora del día. Se entrometen y arruinan lo que se está mirando. El problema de las «manchitas» ha llevado a más de uno al médico. El inevitable consejo es: no les haga caso y se irán. Lo cierto es que no se van; se quedan, pero, más allá de ellas, uno se concentra en el mundo y sus cambiantes objetos, como es debido.
    Lo mismo con nuestra Musa. Si ponemos la atención más allá de ella, recupera el aplomo y se aparta.
    Es mi opinión que para Conservar a una Musa, primero hay que ofrecerle comida. Cómo se alimenta a algo que todavía no está ahí es un poco difícil de explicar. Pero vivimos en un clima de paradojas. Una más no debería hacernos daño.
    El hecho es harto simple. A lo largo de nuestra vida, ingiriendo comida y agua, construimos células, crecemos y nos volvemos más grandes y sustanciosos. Lo que no era, ahora es. El proceso no se puede detectar. Sólo se percibe a intervalos. Sabemos qué está sucediendo, pero no muy bien cómo ni por qué.
    De modo parecido, a lo largo de la vida nos llenamos de sonidos, olores, sabores y texturas de personas, pasajes y acontecimientos grandes y pequeños. Nos llenamos de las impresiones y experiencias y de las reacciones que nos provocan. Al inconsciente entran no sólo datos empíricos sino también datos reactivos, nuestro acercamiento o rechazo a los hechos del mundo.
    De esta materia, de este alimento, se nutre La Musa. Ése es el almacén, el archivo, al que hemos de volver en las horas de vigilia para cotejar la realidad con el recuerdo, y en el sueño para cotejar un recuerdo con otro, y exorcizarlos si hace falta.
    Lo que para todos los demás es El Inconsciente, para el escritor se convierte en La Musa. Son dos nombres de lo mismo. Pero independientemente de cómo lo llamemos, allí está el centro del individuo que fingimos encomiar, al que alzamos altares y de la boca para fuera lisonjeamos en nuestra sociedad democrática. Porque sólo en la totalidad de su propia experiencia, que archiva y olvida, es cada hombre realmente distinto de todos los demás. Pues nadie asiste en su vida a los mismos acontecimientos en el mismo orden. Uno ve la muerte antes que otro, o conoce el amor más temprano. Cuando dos hombres ven el mismo accidente, cada uno lo archiva con diferentes referencias, en otro lugar de su alfabeto único. En el mundo no hay cien elementos; hay dos billones. Cada uno dejará una marca diferente en espectroscopios y balanzas.
    Sabemos qué nuevo y original es cada hombre, incluso el más lerdo e insípido. Mi padre y yo no fuimos realmente grandes amigos hasta muy tarde. El lenguaje, el pensamiento cotidiano de él no era muy excepcional, pero bastaba que yo dijera «Papá cuéntame cómo era Tombstone cuando tenías diecisiete años», o «¿Y los trigales de Minnesota cuando tenías veinte?», para que papá se largara a hablar de cómo había huido de su casa a los dieciséis, rumbo al oeste a comienzos de este siglo, antes de que se fijaran las fronteras, cuando en vez de autopistas sólo había sendas de caballos y vías de tren y en Nevada arreciaba la Fiebre del Oro.
    El cambio en la voz de papá, la aparición de las cadencias o las palabras justas, no sucedían en el primer minuto, ni en el segundo ni en el tercero. Sólo cuando había hablado, cinco o seis minutos y encendido su pipa, volvía de pronto la antigua pasión, los días pasados, las viejas melodías, el tiempo, la apariencia del sol, el sonido de las voces, los furgones surcando la noche profunda, los barrotes, los raíles estrechándose detrás de un polvo dorado a medida que adelante se abría el Oeste: todo, todo y allí la cadencia, el momento, los muchos momentos de verdad y por lo tanto de poesía. De pronto La Musa se había presentado a papá. La Verdad se le acomodaba en la mente. El Inconsciente se ponía a decir lo suyo, intacto, y le fluía por la lengua. Como debemos hacer nosotros cuando escribimos. Como podemos aprender de todo hombre, mujer o niño de alrededor, cuando, conmovidos o emocionados, cuentan algo que hoy, ayer o algún otro día los despertó al amor o al odio. En algún momento, después de chisporrotear húmedamente, la mecha destella y empiezan los fuegos artificiales.
    Ah, para muchos es un trabajo duro y difícil meterse con el lenguaje. Pero yo he oído a granjeros hablar de su primera cosecha de trigo en la primera granja de un estado, recién llegados de otro, y aunque no eran Robert Frost parecían su primo tercero. He oído a conductores de locomotoras hablar de América en el tono de Thomas Wolfe, que recorrió nuestro país con estilo como lo recorrían ellos con acero. He oído a madres contar la larga noche de su primer parto y el miedo del que bebé muriese. Y he oído a mi abuela hablar de la primera pelota que tuvo, a los siete años. Y, cuando se les entibiaban las almas, todos eran poetas.
    Si parece que he tomado el camino más largo, quizá sea así. Pero quería mostrar qué llevamos todos dentro, eso que siempre ha estado allí y tan pocos nos molestamos en tener en cuenta. Qué extraño… Tanto nos ocupa mirar fuera, para encontrar formas y medios, que nos olvidamos mirar dentro.
    Para recalcar la cuestión, pues, La Musa está ahí, almacén fantástico, todo nuestro ser. Todo lo más original sólo espera que nosotros lo convoquemos. Y sin embargo sabemos que no es tan fácil. Sabemos cuán frágil es la trama tejida por nuestros padres o tíos o amigos, a quienes una palabra equivocada, un portazo o una sirena de bomberos pueden destruir el momento. Así, también, el embarazo, la timidez o el recuerdo de las críticas pueden endurecer a la persona media de modo que cada vez sea menos capaz de abrirse.
    Digamos que todos nos hemos alimentado de la vida, primero, y más tarde de libros y revistas. La diferencia es que una de esas series de acontecimientos nos sucedió, y la otra fue alimentación deliberada.
    Si vamos a poner nuestro inconsciente a dieta, ¿cómo preparar el menú?
    Bien, la lista podría empezar así:
    Lea usted poesía todos los días. La poesía es buena porque ejercita músculos que se usan poco. Expande los sentidos y los mantiene en condiciones óptimas. Conserva la conciencia de la nariz, el ojo, la oreja, la lengua y la mano. Y, sobre todo, la poesía es metáfora o símil condensado. Como las flores de papel japonesas, a veces las metáforas se abren a formas gigantescas. En los libros de poesía hay ideas por todas partes; no obstante, qué pocos maestros del cuento recomiendan curioseados.
    Mi cuento «La costa en el crepúsculo» es resultado directo de haber leído el encantador poema de Robert Hillyer sobre el encuentro de una sirena cerca de Plymouth Rock. Mi cuento «Vendrán lluvias suaves» se basa en el poema así titulado de Sara Teasdale, y el cuerpo del cuento engloba el tema del poema. De «Aunque siga brillando la luna» de Byron surgió un capítulo de mi novela Crónicas marcianas, que habla de una raza muerta de marcianos que por las noches ya no rondarán los mares vacíos. En estos casos, y docenas más, hice que una metáfora saltara hacia mí, me diera impulso y me lanzara a escribir una historia.
    ¿Qué poesía? Cualquiera que ponga de punta el pelo de los brazos. No se esfuerce usted demasiado. Tómeselo con calma. Con los años puede alcanzar a T. S. Eliot, caminar junto con él e incluso adelantársele en su camino a otros pastos. ¿Dice que no entiende a Dylan Thomas? Bueno, pero su ganglio sí lo entiende, y todos sus hijos no nacidos. Léalo con los ojos, como podría leer a un caballo libre que galopa por un prado verde e interminable en un día de viento.
    ¿Qué más conviene a nuestra dieta?
    Libros de ensayo. También aquí escoja y seleccione, paséese por los siglos. En los tiempos previos a que el ensayo se volviera menos popular encontrará mucho que escoger. Nunca se sabe cuándo uno querrá conocer pormenores sobre la actividad del peatón, la crianza de abejas, el grabado de lápidas o el juego con aros rodantes. Aquí es donde hará el papel de diletante y obtendrá algo a cambio. Porque, en efecto, estará tirando piedras a un pozo. Cada vez que oiga un eco de su Inconsciente se conocerá un poco mejor. De un eco leve puede nacer una idea. De un eco grande puede resultar un cuento.
    Busque libros que mejoren su sentido del color, de la forma y las medidas del mundo. ¿Y por qué no aprender sobre los sentidos del olfato y el oído? A veces sus personajes necesitarán usar nariz y orejas para no perderse la mitad de los olores y sonidos de la ciudad, y todos los sonidos del páramo libres aún en los árboles y la hierba de los parques.
    ¿Por qué esta insistencia en los sentidos? Porque para convencer al lector de que está ahí hay que atacarle oportunamente cada sentido con colores, sonidos, sabores y texturas. Si el lector siente el sol en la carne y el viento agitándole las mangas de la camisa, usted tiene media batalla ganada. Al lector se le puede hacer creer el cuento más improbable si, a través de los sentidos, tiene la certeza de estar en el medio de los hechos. Entonces no se rehusará a participar. La lógica de los hechos siempre da paso a la lógica de los sentidos. A menos, claro, que cometa usted algo realmente imperdonable que saque al lector del contexto, como hacer que la Revolución Norteamericana triunfe con ametralladoras o presentar dinosaurios y cavernícolas en la misma escena (vivieron en épocas separadas por millones de años). Y aun en este último caso, una Máquina del Tiempo bien descrita y técnicamente perfecta puede volver a suspender la incredulidad.
    Poesía, ensayos. ¿Y qué de los cuentos y las novelas? Por supuesto. Lea a los autores que escriben como espera escribir usted, que piensan como le gustaría pensar. Pero lea también a los que no piensan como usted ni escriben como le gustaría, y déjese estimular así hacia rumbos que quizá no tome en muchos años. Una vez más, no permita que el esnobismo ajeno le impida leer a Kipling, por ejemplo, porque no lo lee nadie más.
    […]
    Así pues, la Alimentación de la Musa, a la cual hemos dedicado aquí la mayor parte del tiempo, me parece una continua persecución de amores, una comparación de esos amores con las necesidades presentes y futuras, un paso de texturas simples a complejas, de ingenuas a informadas, de no intelectuales a intelectuales. Nada se pierde nunca. Si uno ha transitado vastos territorios y se ha atrevido a amar tonterías, habrá aprendido hasta de los artículos más primitivos que alguna vez recogió y descartó. Una curiosidad errante por todas las artes, de la mala radio al buen teatro, de las canciones de cuna a la sinfonía, de la choza en la selva al Castillo de Kafka, siempre encontrará una excelencia básica que discernir, una verdad que guardar, saborear y utilizar más tarde, algún día. Hacer todo eso es ser una criatura de su tiempo.
    No dé la espalda, por dinero, al material que ha acumulado en una vida. No dé la espalda, por la vanidad de las publicaciones intelectuales, a lo que usted es; al material que lo hace singular, y por tanto indispensable a los otros.
    Para alimentar a su Musa, pues, es preciso que usted siempre haya tenido hambre de vida, desde niño. De lo contrario es un poco tarde para empezar. Claro que mejor tarde que nunca. ¿Aún se siente dispuesto?
    De ser así, tendrá que dar largos paseos nocturnos por su ciudad o su pueblo, o paseos de día por el campo. Y largos paseos, a cualquier hora, por librerías y bibliotecas.
    […]
    Alimentarse bien es crecer. Trabajar bien y constantemente es mantener en condición óptima lo que se ha aprendido y se sabe. Experiencia. Labor. Son las dos caras de la moneda que cuando gira de canto no es ni experiencia ni trabajo sino el momento de la revelación. Por ilusión óptica, la moneda se vuelve redonda, brillante, un arremolinado globo de vida. Es el momento en que la hamaca del porche cruje levemente y una voz habla. Todos contienen el aliento. La voz se eleva y cae. Papá habla de otros años. De sus labios surge un fantasma. Agitándose, el inconsciente se restrega los ojos. La Musa se aventura a los helechos que hay bajo porche, desde donde, dispersos en la hierba, escuchan los muchachos del verano. Las palabras se vuelven poesía y a nadie importa, porque nadie ha pensado llamarla así. He aquí el tiempo. He aquí el amor. He aquí el cuento. Un hombre bien alimentado guarda y serenamente da cauce a su infinitesimal porción de eternidad. En la noche estival parece grande. Y lo es, como lo fue siempre en todas las edades, cuando hubo un hombre con algo que contar y otros, tranquilos y sabios, que escucharan.
    «Zen el arte de escribir». Editorial Minotauro, 1995.
  • ENTREVISTA A HEBE UHART

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  • JUAN CARLOS ONETTI – A FONDO (TVE 1977)

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  • LA ESTÉTICA DE LA ACCESIBILIDAD (JHON IRVING)

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    Hace más de diez años, John Casey —el autor de la novela An American Romance y de la colección de relatos Testimony and Demeanor— entrevistó a Kurt Vonnegut para una revista en ese entonces publicada en West Branch, Iowa, y ahora fuera de circulación. En esa entrevista, Vonnegut dijo:

    Debemos reconocer que el lector está haciendo algo bastante difícil para él y la razón por la que no cambias el punto de vista con mucha frecuencia es que él no se pierda, y la razón de ser de tu párrafo es que sus ojos no se cansen demasiado, y es así para que, sin conocerlo, puedas llegar a él facilitándole el trabajo. Él debe representar tu espectáculo en su cabeza, decorarlo e iluminarlo. Su trabajo no es fácil.

    Tampoco lo es el de Vonnegut. Hacer que el trabajo del lector sea fácil es una labor difícil aunque Vonnegut siempre ha sido un incomprendido en este aspecto. En el New York Review of Books, por ejemplo, Jack Richardson llamó a Vonnegut un “escritor fácil” y —entre otros cargos— acusó a Vonnegut de no ser Voltaire. En la entrevista con Casey, Vonnegut cuenta la historia de su encuentro con Jason Epstein, el editor de Random House —a quien Vonnegut llama “un comisario cultural terriblemente poderoso”— en un cóctel. Cuando fueron presentados Epstein pensó por un minuto, luego dijo, “Ciencia Ficción”, dio la vuelta y se alejó. “Sólo tenía que ubicarme, eso era todo,” dijo Vonnegut. Otros “comisarios culturales” han tratado de “ubicar” a Vonnegut por años; con mucha frecuencia, tal y como Richardson, nos cuentan lo que Vonnegut no es. No es Voltaire, por ejemplo, es posible que no tampoco sea Swift . Al menos en parte, pienso, la disponibilidad infantil de su prosa, sus superficies rápidas y fáciles de leer, son las que resultan tan problemáticas para los críticos de Vonnegut. La suposición de que aquello que es fácil de leer fue fácil de escribir es un lapsus perdonable entre no escritores, pero es revelador cuántos críticos, quienes (de alguna manera) también son escritores, han llamado “fácil” a Vonnegut. En uno de los peores artículos panorámicos escritos sobre Vonnegut (en el New York Times Book Review, disfrazado como una reseña de Slapstick), Roger Sale parecía especialmente molesto con la audiencia de Vonnegut —los “jóvenes mínimamente inteligentes”, los llamaba. “Creo que Vonnegut me sería menos molesto de no ser porque una de mis mayores tareas es intentar proponer preguntas difíciles para los jóvenes semi-letrados,” dice el sufrido señor Sale, esclavizado en las trincheras de la ignorancia. Hay algo autocomplaciente en esta crítica; estos son los comentarios de un crítico que quiere una obra que lo necesite —que requiera ser explicada, tal vez. “Nada puede ser más fácil,” nos asegura Sale respecto de la escritura de Vonnegut. Por otro lado, Sale nos dice, leer a Thomas Pynchon “requiere resistencia, determinación e inteligencia enloquecida” . Más alabanzas propias — Sale no es un lector fácil, tenemos que reconocerle eso. Y pese a la invitación de Sale a comparar, no es mi deseo atacar a Thomas Pynchon, un escritor tan serio con respecto a su trabajo como Vonnegut lo es con respecto del suyo; diría, sin embargo, que hay bastantes “personas serias que toman la ficción seriamente” (como Sale nos llama) que piensan que el tipo de escritura de Pynchon es la más fácil de escribir. Y la más difícil de leer: una confrontación con ideas y lenguaje donde nosotros, los lectores, ponemos buena parte del esfuerzo; donde el escritor, tal vez, no se ha esforzado lo suficiente para ser más legible.

    ¿Por qué ser “legible” es algo malo por estos días? Algunas “personas serias” que conozco agradecen el esfuerzo que toma entender lo que leen; como Vonnegut dice: “Allá ellos.” Déjenlos agradecer. Siendo alguien que, como Roger Sale, ha enfrentado largo rato a los “jóvenes semi-letrados”, con mucha frecuencia yo le agradezco al escritor que ha aceptado la enorme tarea que requiere aclarar su escritura. La lucidez de Vonnegut es un trabajo duro y valiente en un mundo literario donde el desorden puro es con frecuencia considerado como un signo de algún tipo de lucha esencial con las “preguntas importantes”. Buenos escritores han demostrado siempre que las preguntas importantes también deben ser propuestas y resueltas claramente y bien. Es como si Roger Sale —y no es un caso particularmente aislado; lo uso como un ejemplo entre tantos— exigiera una literatura para estudiantes de segundo año de postgrado, una literatura dependiente en la  interpretación; y, por supuesto, en nuestra vergonzosa condición de “semi-letrados” tal vez necesitemos la “inteligencia enloquecida” de alguien como el señor Sale para interpretarla.

    (Fragmento)
  • ENTREVISTA A ALBERTO LAISECA

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  • COMIENZAN LOS TALLERES DE ESCRITURA EN SEPTIEMBRE

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    IHola amigos! IILes anuncio que los talleres de escritura creativa están a punto de comenzar. III Están dedicados a personas de cualquier edad y formación interesadas en la escritura creativa. IV Hay dos grupos. V Uno se reúne los miércoles de 19 a 21 hrs. VI El otro, los sábados de 11.30 a 13.30 hrs. VII Comienzan, respectivamente, el 3 y 7 de septiembre. VIII PUEDES TOMAR UNA CLASE DE PRUEBA GRATIS, SIN COMPROMISO. IX Los talleres introductorios duran tres meses, pero aquellos que estén interesados en un desarrollo más profundo tienen la opción de continuar. X Para más información, escribe a: mondoescrito@gmail.com XI Nos vemos!
  • EL ARTE DE HIPNOTIZAR (MARIO LEVRERO)

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    ¿Qué papel le adjudicás en la escritura literaria a las técnicas? ¿Y al argumento?
    En mi opinión, lo principal, casi diría lo único que importa en literatura es escribir con la mayor libertad posible. En todo caso podés usar técnicas para corregir, pero jamás para escribir. Aunque en realidad siempre se usan técnicas, pero son técnicas propias que uno va descubriendo, o creando mientras escribe. Si usás técnicas aprendidas, son aprendidas de otros; así nunca escribirás con tu estilo personal, es decir, no se te reconocerá, por mejor escrito que esté el texto.
            Cuando el autor sabe demasiado sobre el argumento, a veces se apura a contarlo, y la literatura va quedando por el camino. La literatura propiamente dicha es imagen. No quiero decir que haya que evitar cavilaciones y filosofías, y etcétera, pero eso no es lo esencial de la literatura. Una novela, o cualquier texto, puede conciliar varios usos de la palabra. Pero si vamos a la esencia, aquello que encanta y engancha al lector y lo mantiene leyendo, es el argumento contado a través de imágenes. Desde luego, con estilo, pero siempre conectado con tu imaginación.

    En ese énfasis por la imagen ¿no hay riesgo de caer en una suerte de “descripcionismo”, de que sólo prime la imagen?
    Yo no creo haber hablado de descripciones; suelen aburrirme mortalmente. Hablé de imágenes, y las imágenes no se contraponen a la acción, sino que la cuentan de la mejor manera. No es lo mismo decir: le dio tremenda trompada, que decir: el puño chocó contra la carne blanda y la aplastó hasta que se oyó el crujir del hueso -o cosa por el estilo.
            Tampoco dije que un relato deba consistir exclusivamente en imágenes, sino que eso es la esencia; pero a menudo la esencia pura es desagradable, como por ejemplo la vainilla. Si la mezclás en un refresco pasa mucho mejor. Hago hincapié en las imágenes porque es la gran falla de nuestra literatura; todos somos retóricos, todos cantamos la justa, todos sabemos cómo arreglar los males del país, todos estamos deseosos de mostrar nuestra visión del mundo, todos queremos volcar nuestros sentimientos (oh, estoy triste, qué mal me siento, el mundo es terrible). Desde el punto de vista literario no dicen nada, pero nada; el lector simplemente se paspa. Mientras tanto, la literatura queda por el camino; el lector se distrae, y la literatura nacional adelgaza y muere.
    ¿Cómo lograr el balance adecuado entre imágenes y descripciones, para  que no entorpezcan el desarrollo de la trama?
     
    Es fácil, tenés que pensar al corregir, no al escribir; cuando se escribe hay que soltarse, sin nada que inhiba la escritura, si tal descripción es necesaria para la acción que estás narrando. Eso te dará el lugar adecuado. Luego pensá si no han pasado demasiadas descripciones sin nada de acción y ahí tenés la proporción acertada. Al leer un texto tuyo después de un tiempo (nunca antes de, digamos, un mes), si hay excesos de descripción lo notás en seguida porque te aburrís.
    ¿Cuándo considerás que un relato no es verosímil?
    Cuando no está bien resuelto. Ambas expresiones verosímil y “bien resuelto” son casi sinónimos. Cuando digo que algo no es verosímil, quiero decir que como lector no lo creo. Y te aseguro que soy muy crédulo cuando la realización me encanta (me hipnotiza, quiero decir). El texto ideal sería aquél en el cual el lector pierde de vista el hecho de que está leyendo, y cree que esas cosas que se transmiten a su cerebro están sucediendo realmente. En ese sentido, puede haber extraterrestres y fantasmas y enanos multicolores, siempre que el lector crea en ellos en ese momento porque el autor lo engatusó. La verosimilitud, entonces, significa en este contexto "engatusamiento".
    ¿Cómo elaborás el inicio de los textos? A veces parece difícil lograr un buen principio que “enganche” al lector y que sea coherente con la obra...
    No sé porqué, pero casi siempre tengo que rehacer los comienzos de mis cuentos. Es posible que al comenzar algo, uno arrastre de cosas anteriores el estilo o el modo de decir . Y resulta que cada relato tiene su propio estilo; es un bloque, va junto con el argumento y todo lo demás. Pero uno trata de hacer lo que sabe, o lo que le salió bien la vez anterior, y arranca con eso. Después uno va chocando contra el cuento existente, a medida que lo va descubriendo y sacando a luz, y ahí empieza a ajustarse, a escuchar mejor lo que tiene adentro.
    ¿Qué es eso de que “cada relato es un bloque, tiene su propio estilo”? Me hace acordar a aquello que decía Miguel Ángel de que él sólo se limitaba a sacar el mármol que le sobraba al bloque.
    -Vos sabés que la percepción no es objetiva ni mecánica; cuando yo miro algo, estoy proyectando mucho de mí, o todo, sobre el objeto. Al mismo bloque de mármol Miguel Ángel le sacaría ciertas cosas, yo otras, vos otras distintas. El diálogo que uno entabla con el objeto no es diálogo, sino monólogo narcisista. Creo que si lo pensás es muy fácil de entender. Cualquier cosa que vayas a narrar la estás rescatando de esa forma de percibir(se). Y ahí es donde aparece el estilo personal; por eso insisto en encarar a los alumnos de mi taller con ellos mismos, a que experimenten con la percepción.
    ¿Cómo corregir, pulir y aún rehacer un texto sin perder el entusiasmo en el proceso?
     
    Bueno, son tres cosas distintas. En general, hay algo común a los tres procesos: conviene dejar pasar un tiempo (depende de cada uno, pueden ser días o meses) hasta que el texto se vea como es. Si uno está todavía bajo la sugestión de la creatividad, no ve el texto como es, sino como lo tiene en la mente, y le suele parecer perfecto. Se trata de ver el texto como quien mira una fotografía de sí mismo, que siempre impresiona peor que mirarse al espejo, porque en el espejo uno crea su imagen; en la foto no. Veamos:
            Corrección: esto es ni más ni menos un trabajo técnico, que puede ser divertido o no, según el talante de cada cual. Pero es más bien mecánico: leer el texto buscando rimas, repeticiones enojosas, cacofonías, erratas y cosas así.
            Pulido: hay que leer el texto en un estado muy atento, viendo si en algún momento hay algún factor de perturbación en la lectura, algo que, aunque no se pueda identificar la causa concreta, uno "siente" que no está bien, algo por lo cual uno preferiría pasar rapidito. Subrayar eso y seguir, hasta el final. Después buscarle la vuelta a cada caso particular, tratar de desentrañar por qué eso no resuena bien. A veces se trata de su relación con lo que se venía diciendo (salta alguna incongruencia, alguna repetición de palabra, etc.) y a veces de algo propio de ese fragmento. A veces ayuda preguntarle a otro.
            "Refacción", si cabe el término: hay que quitar limpiamente el fragmento que no marcha, y tratar de hacerlo de vuelta buscando un clima similar al del momento de la creación. Situarse en la escena y no conservar nada del texto descartado. Por más lindo que parezca en alguna parte, hacerlo todo de vuelta como si fuera por primera vez, visualizando nuevamente la escena, la imagen que lo originó. Lo mismo para agregar algo, al principio, en el medio o al final de un texto. Visualizar siempre la escena antes de escribir.
            Hay veces en que basta cambiar de lugar el fragmento eliminado, sobre todo en una novela, pero no hay que contar mucho con eso.
    ¿Hasta cuándo corregir, rehacer, pulir?
    -Bueno, hasta que te deje razonablemente satisfecho. Hasta que sientas que se puede publicar. Yo siempre recurro a algún lector amigo, que me merezca confianza, para que lea y opine. A veces un lector común, mientras sea buen lector, te dice cosas acertadísimas; a menudo les hago caso. Por norma nunca publico nada que no hayan visto otros ojos que no sean los míos.
    ¿Puede el argumento, por ejemplo, salir de una simple asociación de ideas, de un disparate intelectual?
           
    -Tenés que sacarte de la cabeza la idea de que se escribe a partir de la palabra, y sobre todo a partir de la invención (intelectual). Se escribe a partir de vivencias, que sólo pueden traducirse mediante imágenes. Las palabras sirven para describir las imágenes; por sí solas no generan otra cosa que discursos o simple información.
    ¿Cuál es tu criterio para titular un texto?
    -Siempre uso el mismo sistema: una vez terminado el texto, empiezo a leerlo, seguido o salteado, buscando algo que me resuene. Y siempre encuentro el título; en mi caso, está siempre en el texto. Aunque a veces me hago el vivo; pero en general busco que sea más bien simple y que yo mismo pueda asociarlo fácilmente con el texto.
    ¿Cuándo te das cuenta de que termina un texto? ¿pensás mucho, al escribir, en el final?
    -No pienso para nada en el final. A veces, en una novela (incluso en aquellas de estructura policial, con algún misterio o enigma, como Fauna o Dejen todo en mis manos) empiezo a vislumbrar el final después de haber pasado los dos tercios del total, y me pongo nervioso; ahí me cuesta más mantener un ritmo de escritura parejo y no empezar a correr como loco. Es gracioso pero yo confío en que los textos preexisten a la escritura (y por supuesto a su formulación mental); están adentro, y ya con su forma definitiva, y por eso estoy seguro de que el final va a venir solo, a caer maduro, incluso cuando hay enigma. Aunque llega un momento en que me pongo nervioso. Porque ¿y si no se resuelve? Pero hasta ahora...
            Me doy cuenta de que el texto termina porque no veo como seguirlo. Con uno tuve problemas; lo guardé como veinte años como principio de novela, y cuando lo releí me di cuenta de que era un relato terminado; sólo le faltaba una frase de cierre. No había manera de seguirlo.

    ¿Qué hay con ciertas reglas del "escribir bien"? Cosas como evitar los adverbios terminados en -mente o no repetir palabras...

    -No se trata tanto de evitar los adverbios sino de no abusar. Forman palabras muy largas, pesadas, y si te encontrás dos o tres en una misma frase suena realmente desagradablemente, verdaderamente realmente desagradablemente.
            También suelen formar rimas con demasiada facilidad, y la rima en la prosa me hace saltar, si es que es rima. Porque se pueden usar palabras consonantes entre sí sin que formen necesariamente rima; el problema es cuando la consonancia se subraya con alguna puntuación o una forma de ubicación en la frase que lo hace aparecer como un versito; es un problema de métrica + rima. Por otra parte, a veces acumulo esos adverbios a propósito, uno tras otro, para dar énfasis (o por capricho). En El alma de Gardel, por ejemplo, el lector de la editorial me hizo notar una frase cargada de adverbios en "mente", pero la mantuve porque era a propósito; para mi gusto ahí están distribuidos de tal forma que no pesan.
            Con respecto a eso de “no repetir palabras”, hay que desconfiar del uso de sinónimos. Si vengo diciendo "casa", y "casa", y "casa" y de repente digo "morada" sin nada que lo justifique, me parece de décima. Yo a veces he abusado un poco de las repeticiones, conscientemente, pero cuando no es así, y las detecto en un texto mío durante la corrección, en lugar de sustituir la palabra trato de reorganizar toda la frase, o todo el párrafo.
    Y al escribir, ¿les prestás atención a todo eso, son cosas importantes?
    -Al escribir, nada, sólo escribir, no pensar ni controlar -salvo ese foco de atención crítica para que el inconsciente no te lleve al carajo, pero lateral, como distante, y con mucha cancha para hacer la vista gorda y no trabar la escritura cuando viene fluida.
            Por otra parte, sólo son opiniones mías; no es palabra de Dios; lo mejor es usar tu propio criterio.
  • SOBRE EL TIEMPO QUE SE PIERDE EN BUSCAR EL TIEMPO PERDIDO (HORACIO FIEBELKORN)

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