Suena, insistente, el teléfono, pero no voy a contestar. Desde la ventana puedo ver lo que pasa. Aquí dentro no hace frío. Sólo un poco, en los dedos, cuando me sirvo el vodka.
Balzac era un gran apuntador de notas. Adonde fuera llevaba su anotador, y cuando pasaba algo que creía útil para él, tenía una idea o le gustaba la de alguien, él lo anotaba. Siempre que fuera posible, visitaba las escenas de sus historias, y algunas veces hacía viajes largos para ver una calle o una casa que quería describir. Como todos los novelistas, según creo, sus personajes estaban moldeados de acuerdo a personas que él conocía, pero para el momento en que él había ejercitado su imaginación sobre ellos, ellos ya eran sus criaturas. El se tomaba mucho trabajo con respecto a los nombres, porque creía que un nombre tienen que corresponderse con el carácter y aspecto de quien lo lleva. Cuando trabajaba llevaba una vida casta y regular. Se acostaba temprano después de cenar y se hacía despertar a la una. Se levantaba y se ponía una bata blanca, impecable, porque decía que para escribir uno tienen que llevar ropa sin una mancha. Y luego a la luz de una vela, fortaleciéndose con una taza tras otra de café negro, escribía con una pluma de ala de cuervo. Paraba de escribir a las siete de la mañana, tomaba un baño y se acostaba. Entre las ocho y las nueve venía su editor a llevarse los manuscritos o mostrarle las pruebas de impresión; luego él se sentaba a escribir otra vez hasta el mediodía, donde comía huevos duros, agua, y más café ; trabajaba hasta las seis , hora en que comía una cena ligera , acompañada de un poco de Vouvray. Alguna vez un amigo o dos venían a saludarlo, pero luego de una corta charla, él se iba a dormir.
El no era un escritor de los que saben lo que quieren decir desde el principio. Comenzaba con un tosco borrador, que reescribía y corregía, cambiando el orden de los capítulos, cortando, añadiendo, alterando; y finalmente le mandaba a los impresores un manuscrito que era a menudo imposible de descifrar. Le devolvían la prueba , y a esta él la trataba como si sólo fuera un ensayo del trabajo proyectado. El no sólo añadía palabras, sino oraciones, y no sólo oraciones, sino trozos de textos enteros. Cuando las pruebas eran enviadas otra vez, ya corregidas, él volvía a trabajar en ellas, añadiéndoles cambios. Sólo luego de esto él autorizaba la publicación, y sólo con la condición de que en las ediciones futuras se le permitiría hacer más revisiones y correcciones. El gasto de todo esto era naturalmente elevado y resultaba en constantes peleas con sus editores.
(William Somerset Maugham «Great novelists and their novels»,
Cuentos Reunidos Kjell Askildsen Lengua de Trapo, Madrid, 2012
Por Alejandro Dato
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Kjell Askildsen nació en 1929 en Madal, la ciudad más austral de Noruega, y desde hace unos años puede decirse que es un maestro del relato breve. Ahora tiene una cara muy ajada y hace un tiempo que no escribe, entre otras razones, porque se está quedando ciego. Pero empezó más o menos temprano. Publicó su primer libro con veinticuatro años y le regaló al jefe de policía del pueblo, que era su padre, un ejemplar. Su padre lo leyó y lo prendió fuego; no volvió a leer otro título suyo. El libro se titulaba Desde ahora te acompañaré a casa y contenía algunos párrafos cargados de erotismo. Su familia, como la gran mayoría de la población noruega, pertenecía a una secta cristiana de origen luterano. En esos primeros cuentos, Kjell Askildsen rompía con el mundo de sus padres. Y con los trozos construía un paisaje humano de una tensión implacable.
Les comento las últimas novedades mundiales. Acaba de abrirse el Taller de corrección. Un espacio en donde podrán exponer sus textos, trabajarlos y corregirlos hasta dejarlos a punto. El taller se reúne los miércoles de de 18 a 20 hrs.
Por otra parte, continúa el Taller de escritura creativa los sábados, también de 18 a 20 hrs.
Recuerden que en ambos casos pueden tomar una clase de prueba sin compromiso.
Finalmente, los que no estén en Barcelona, o prefieran escribir desde sus casas, pueden consultar sobre los Talleres de escritura online.
Te voy a decir lo que me molesta y lo que admiro en Camus. Admiro su obra de ficción, empezando por La caída y siguiendo por El extranjero. Nunca terminé de leer La peste: a los veinte años me aburrió. Tal vez la relea esta misma noche y cambie de opinión. Me fascinó hasta el deslumbramiento su libro póstumo inconcluso, El último hombre. (…) Me molestan, a veces, sus ensayos. La famosa frase sobre que el suicidio es la única idea filosófica digna de ser pensada, aparte de ser ajena me parece un énfasis: es demasiado espectacular, demasiado construida e incluso demasiado francesa. No quiere decir realmente nada. Camus se pregunta si la vida merece la pena ser vivida. ¿Qué significa eso? De qué vida habla, de la vida de todos los hombres y mujeres y chicos. ¿De la vida en general? Yo te aseguro que mi gato Agustín y mi gata Tatiana tienen la absoluta certeza de que vivir vale la pena. La pregunta correcta, la verdadera pregunta comprometedora es ésta: Mi vida, ¿vale la pena? Mi vida, no la vida. Lo único que puede honradamente preguntarse un hombre es si él tiene derecho a vivir. Ese tipo de generalización sublime me irrita. Me hace el mismo efecto que esos señores que se preguntan si la literatura en general tiene sentido cuando deberían preguntarse qué sentido tiene, para ellos, escribir.
Abelardo Castillo
-El oficio de mentir / Conversaciones con María Fasce –
Es reconfortante sostener que algunos escritores importantes desarrollan su estilo a partir de evitar sus debilidades mayores. Hemingway no era capaz de escribir una frase larga, compleja, con buena arquitectura en la sintaxis. Pero convirtió esa incapacidad en su habilidad personal de escribir breves frases declarativas o largas oraciones fluidas conectadas con conjunciones. Faulkner, por el contrario, no era capaz de escribir con sencillez, pero sus oraciones demasido opulentas , congestionadas, producían una atmósfera extraordinaria. A su vez, Henry Miller rara vez podía contra bien una historia. Prefería sus excursiones apartadas de la historia, y esos apartes son lo que lo hizo excepcional.
El lenguaje no es otra cosa que la exteriorización codificada de las cosas que uno siente. Yo, por ejemplo, no siento la poesía. A mí me conmueven cosas que dan francamente vergüenza. Por ejemplo, me voy a cortar la barba regularmente y hace muchísimos años a «La Tijera Loca», una peluquería atendida por Lozano padre e hijo, que tienen dos slogans: «Los cortes de Lozano se peinan con la mano» y «Corte por Lozano». Un día voy y no lo veo al padre, y le pregunto al hijo, que me dice «no sabés lo que pasó: se murió, acá mismo, estaba cortando el pelo y se murió». Ahí me tenté, porque pensé cómo le quedó el corte al tipo, y me imaginaba su pobre destino, porque no tenía derecho al pataleo; y supongo que se tuvo que ir, y habrá ido a otra peluquería, y el otro peluquero le habrá preguntado ¿Qué le pasó? Se me murió el peluquero. Y el otro peluquero le debe haber dicho ah, yo no se lo corto. Y debe estar vagabundeando por ahí, sin que nadie lo atienda.
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