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  • ENCUENTROS CON LEÓNIDAS LAMBORGHINI. EL SOLICITANTE DESCOLOCADO

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    Primera parte completa del Libro+DVD: “Encuentros con Leónidas Lamborghini. El solicitante descolocado”, publicado por Editores Argentinos, 2013.

     

  • EN LOS PUEBLOS – UNA LECTURA DE CARLOS BUSQUED

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    Vía Eterna Cadencia

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    En el marco de la muestra “Los lugares de la ficción. Territorios culturales argentinos” del Centro Cultural Kirchner, se realizó en el mes de noviembre una lectura en vivo bajo el denominador común “En los pueblos”, en la que Carlos Busqued, Federico Falco y Mario Ortiz fueron convocados a compartir textos vinculados con sus localidades de procedencia. La mesa, coordinada por Soledad Quereilhac, comenzó con tres lecturas y terminó con una ronda de preguntas: “Más que a pueblos, creo que los textos respondieron a esos lugares que uno llama ‘pago’: esos pequeños o acotados espacios de experiencias propias, espacios donde uno fija un recuerdo y arma una marca que es subjetiva”, redondeó.

    Comenzó leyendo Carlos Busqued, quien nació en Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco, pero vivió también en Córdoba antes de afincarse en Buenos Aires. “Si sos del Chaco, venís de un lugar donde te pican los bichos y te morís. Los otros van al chino, esa es la aventura”, definió. El autor de Bajo este sol tremendo, dijo antes: “Tengo poco escrito explícitamente sobre mi tierra de origen, entonces para esta ocasión lo que hice fue recortar algunas cosas de mi blog, entradas medio arbitrarias”. Y la rompió, para variar:

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    Aquí puedes escuchar las lecturas de Federico Falco y Mario Ortiz.

  • SOSTIENE DIPI (ENTREVISTA A JORGE DI PAOLA)

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    Entrevista: Jorge Di Paola y su novela Minga!

    Por Jorge Hardmeier

    Vía Revista Ramona

    Publicada originalmente en la revista “Esperando a Godot” (Cs Sociales, UBA), numero 13, marzo de 2007.
    http://www.godot.323.com.ar/

     

    A mediados del año 1957, Witold Gombrowicz, aquejado por su asma, recala en Tandil, en busca de aires más benévolos que los de Buenos Aires. Al arribar el escritor polaco al pueblo, a un jovencito su grupo de amigos le interrumpen la siesta provinciana: eran los elegidos para paliar el aburrimiento del escritor. Se reúnen en un bar: uno de los jóvenes pregunta al escritor su gracia. El polaco, sabiendo de las dificultades para la pronunciación de su apellido para aquellos habitantes de la pampa, escribe el mismo en una servilleta. ¡Ferdydurke! exclama uno de los jóvenes: podemos imaginar la cara de sorpresa de Witold, tal vez un instante de silencio pero, sin dudas, dijo: Oh, un lector en la pampa salvaje. Gombrowicz dejó constancia de tal suceso en su “Diario argentino”: Aparecieron a las cinco tres muchachitos que no tenían idea de quién era yo y me preguntaban cómo había llegado a la Argentina. El cuarto, menudo, dieciséis años, sonrió al oír mi apellido y dijo: ¡Ferdydurke! Lo llaman Dipi. Dipi no es otro que Jorge Di Paola, hombre ya, que ha publicado una escasa cantidad de libros (para escribir mucho y publicarlo todo ya lo tenemos a César Aira): los cuentos de “La virginidad es un tigre de papel” y “El arte del espectáculo”, “Moncada” (novela escrita a cuatro manos junto a Roberto Jacoby) y “Minga!” (1987, Ediciones De La Flor) novela de escasísima difusión, ventas, críticas y elogios y entonces, sí, vuelvo a preguntarme, quién o quiénes son los que indican lo que debe ser leído. Sin embargo a Dipi, afincado en Tandil, esto lo tiene bastante bien sin cuidado: Ya hace tiempo que no me siento al margen de nada. Por otra parte, me aburre enormemente ocuparme de la formación de relaciones de poder que instalan nuestro abofeteado canon. Pensemos en Antonio Di Benedetto, en “Zama”, que tardíamente se empieza a releer, o “Siberia Blues” de Sánchez, pensemos en la poesía de Osvaldo Lamborghini o en la de Néstor Perlongher. Ni siquiera se enteraron ¿no? de que ahora son leídos. Alguien decidió que esas grandes novelas o esos poemas no merecían mucha pena. Los amigos los rescataron del olvido. Quienes deciden qué leer desde algún espacio privilegiado, se dedican a ejercer ese poder mientras otros escriben contra todo riesgo. Y me temo que ese poder se forma de montones de pequeños poderes tanto como del que surge en lugares centralizados como la Universidad o los diarios porteños algunas veces. No hay un dictador del gusto. “Minga!”, confieso, tiene un lugar destacado en la lista de mis novelas preferidas: Pablo von Paulus, personaje principal, matemático él, recibe un teledrama de una mulata: su amigo José Curú ha muerto en una lejana playa de Ipanema decapitado por una teja. Entonces Pablo emprende un largo y reflexivo y delirante vagar por la pampa, en tanto a la distancia los hechos se suceden: las andanzas de Natacha, su amorcito, la conspiración de los profesores positivistas de la escuela donde dicta clases. Y él, von Paulus, lanzado hacia el destino. O el azar. En esta trama argumental se insertan reflexiones filosóficas y un continuo meditar sobre la escritura y sobre esa cierta tendencia trágica tan típica de la literatura argentina. Dipi explica en qué línea de la novelística se inserta “Minga!”: Creo que ahí hay un remoto, o no tanto, homenaje al “Adán Buenosayres” y a “Rayuela” (sin olvidar a Macedonio) que se especializaron en burlarse de la seriedad y solemnidad como marca fatal de la literatura argentina. En “Minga!” es un tema secundario, una alusión apenas, no un punto crucial en el que la novela se concentra, ya que se concentra en el descubrimiento de la incertidumbre esencial. Sí rechazo las “grandes palabras que nos hacen tan desgraciados”, esa frase tan lúcida del “Ulises” de Joyce, el que nos inventó a todos; aunque en el 85, mientras escribía la novela, no pensé en él, sino que recuerdo en este momento sus palabras. En realidad los temas de “Minga!” son la amistad, el amor, la muerte, y el descubrimiento en condiciones adversas. Acaso en el borde de la disolución de esos temas, ya que resultan amenazados por el vacío posmoderno que se agitaba en los 80. Por otra parte, temas y forma son indiscernibles en un buen libro y acaso también en “Minga!”, que es más bien un libro deliberadamente inasible, resbaladizo, demasiado juguetón, acaso demasiado arriesgado; aunque sigo pensando que está tramado por la escritura, que su mérito es que puede leerse cada frase como parte de un poema y como parte de un relato. Creo que juega en los intersticios de los géneros, que baila entre la poesía y la prosa, entre el relato y el poema, entre el tratado científico, las jergas de los paisanos, los ecos de la filosofía; y lo que es nuestra ausencia trágica de origen nietzscheano, la pérdida del Dios que dicta y justifica los libros y la vida; pero que aparece en “Minga!” burlándose del autor, o al revés, ya que éste se burla del Dios Pluma. Es un relato orquestado, los violines suenan con los clarines. Todos los instrumentos tocan en un unísono.

     

    ELOGIO DE LA INCERTIDUMBRE

    Los hechos suceden, acontecen, sin responder a ninguna ley precisa: Llamamos desorden a otra regla todavía ignorada. Y este es uno de los temas de “Minga!”. Sostiene Dipi: la oposición orden desorden está tomada de la ciencia, de algunos pensamientos sobre la ciencia que iluminan la vida. No hay que olvidar que von Paulus, el personaje, aunque en un momento de colapso (de desorden), es un teórico de la probabilidad que enfrenta el acontecer de una alta, impensable improbabilidad que lo deja en los límites de la reflexión. No puede creer en los hechos que quiere comprender. Como se trata de una novela no quise cargarla (y no se debe) de otras teorías que las que tienen un sentido narrativo, humorístico, útiles para el goce de la literatura. Desde luego que no es un tratado. Cuando hay un orden (o se lo encuentra), el mundo se explica, y se lo comprende, (o se lo cree comprender). El caos se le opone a este orden, y lo que pasa en “Minga!” resulta la emergencia de un Caos en el borde de la comprensión. Ya hay, y von Paulus lo sabe, ecuaciones que engloban algo del caos. Esa matemática está muy avanzada, pero soy tan sólo un narrador que quiero entretener, y acaso pensar, con un tema relativamente nuevo, muy relativamente, aunque en “El Jugador” de Dostoievsky las probabilidades se expresan en la pasión ejercida sobre la probabilidad misma y la suerte misma. En “Minga!” von Paulus no juega una ficha, es una ficha. Para Di Paola, el ocurrir no tiene ley. ¿Qué es eso de la causa efecto si yo no sé si el rey es rey porque se sienta en el trono o se sienta en el trono porque es rey? ¿Y el azar, la incertidumbre? La ciencia explica estos problemas con una transacción, las probabilidades actúan según algunas ciertas leyes generales que ponen en caja el azar. El azar actúa, digamos, dentro de algunas leyes. La evolución fue posible por millones de causas fortuitas que sin embargo se sometieron a la ley de gravedad, a ciertas atracciones entre moléculas, o que todas las partículas están sujetas al principio de incertidumbre, o a otras leyes de la mecánica cuántica, etc. Todo esto funciona de manera dialéctica, es decir que suele tomar las formas de la contradicción. El pensamiento lineal, la lógica proposicional, el principio del tercero excluido: “Minga!” se pone fuera de todo eso. Para “Minga!” hay una tercera posibilidad. Las contradicciones no existen. Pero el orden narrativo es misterioso; a veces pienso que es peligrosamente idéntico al desorden narrativo. Hay una teoría en “Minga!”: la teoría del caballo del comisario. El comisario es la representación de la cultura occidental y el vigilador de su incesante propaganda cuando esta se ve amenazada por la suerte: siempre. El poder necesita certezas. La incertidumbre se opone a él. Salvo porque administra la lotería – me escribe Dipi desde Tandil -, el azar es aterradoramente peligroso para el poder. Al Qaeda lo usa. Toda incertidumbre mina el poder político, hasta tal punto que Clausewitsz define la guerra como “un aumento de la incertidumbre”. El miedo mayor del poder es, como lo sabía Napoleón, lo imposible. El consiguió el suyo, su poder, por su audacia y una comprensión sobrehumana del azar. Tiraba la moneda para decidir qué ala de su ejército atacaba primero, porque de ese modo mientras los enemigos perdían tiempo en decidir, ya el azar lo había hecho por él. Y no es una broma lo que te cuento.

     

    EL NOMBRE DE DIOS

    A von Paulus el mundo, su mundo, se le ha desmoronado, siente la Nada en la punta de los dedos. Ese presentimiento atroz, diría aquel escritor polaco, de que no ocurriría nada, nada cambiaría, nunca pasaría nada, nada, ¿Nada? Nada es lo que hay cuando no hay materia, cuando sólo hay fotones, o tiempo, o espacio, sin que la materia lo pueble, sin que los protones sean “la chica material”. ¿Sabes cuanta energía hay en el universo? Nada, los valores positivo y negativo de la energía se cancelan. Nada. Cero. La pregunta filosófica es ¿por qué es en general el ser y no más bien la nada? El principio antrópico que usan los cosmólogos para explicar ciertas tesis, supone que hay hombre sólo bajo ciertas condiciones. Hay hombre cuando hay protones, cuando hay materia. Cuando hay Nada ( interludio entre Big Bangs) no hay quien mire el Universo, la Singularidad Desnuda (momento previo al Big Bang) no tiene testigos, se define como el rostro de Dios según uno de los últimos Nóbel de astrofísica. Ya ve claramente quién está loco ¿no? – sostiene Dipi desde su Tandil y sí, debo asentir: los científicos son los grandes poetas de nuestro tiempo – Para nada los escritores. Por eso la ciencia y el lenguaje de la ciencia me fascinan tanto como la poesía. Son lenguajes complementarios. Pero en “Minga!” lo que sucede es el anonadamiento. El momento previo a “Minga!” es un momento pleno. “Minga!” empieza cuando esa plenitud cae y todo se desordena. Es más que todo, la sensación de Nada nadeante que sufre el personaje cuando todo se le desmorona. Cree que pierde a su amor; de hecho ha perdido a su amigo y con él la comprensión de los sucesos del mundo. Todo lo que queda para él es Nada. Acaso el otro nombre de Dios es la Nada, como hemos visto en la cosmología actual. La singularidad que precede al Big Bang, antes de que se haga la luz y comience a existir la materia. Como ves, el mundo es cada vez más misterioso

     

    AVERNITOS

    El orden establecido se resiste, siempre, ha ser modificado. Es casi una certeza histórica: cada nuevo descubrimiento, cada nueva teoría que desestabilizara el orden imperante fue atacada, cuando no fue descalificado o quemado su autor. La pregunta – escribe Dipi desde Tandil – por el millón de pesos: por qué ha sido tan difícil conocer, por qué cada teoría tiene antes que nada enemigos y negadores, así como también lo tuvieron los profetas religiosos. Por qué hay tan a menudo dificultades para los nuevos momentos o nuevas apreciaciones de la belleza, cualquiera que sea, por más que se diga que estamos en un mundo de cambios. Pero esos cambios están hegemonizados, permitidos y buscados por el mercado pero coloreados por esa única lógica. ¿No hay en esa aceptación de la lógica del mercado una desaparición silenciosa del arte, hoy en marcha, aunque no por censura sino por exceso? ¿No es mejor tapar algunos libros con algunos otros libros que quemar los libros? Sigue habiendo ideas peligrosas, aunque puedan ser otras que las conocidas. La sociedad del conocimiento ¿quiere decir máquinas que saben y personas que ignoran? ¿El saber sometido a las leyes del mercado? Yo no lo sé. Pero lo podré comprar ya hecho. A veces sospecho (aunque por desgracia mi paranoia es débil) que el mundo ni cambió ni cambiará, que los poderes tan sólo se consolidan. Una nueva teoría siempre surge contra la hoguera, sostiene Dipi en “Minga!”: en el pasado eran de verdadero fuego, ahora son más sutiles – a veces – como la hoguera de la indiferencia: La hoguera de fuego o de indiferencia ha sido y es – con una vuelta acaso siniestra – un recurso del orden establecido. Al menos -y eso es lo “acaso siniestro”- aparece siempre como excusa de algún statu quo. A veces es tan trivial como un problema de la dialéctica Universidad / nuevos paradigmas. Cuánto cuesta cambiar, por más que hoy el mercado “revoluciona” apariencias. No cuesta nada cambiar un Champú, pero instalar nuevos paradigmas (cuando los antiguos entran en contradicción, lo que no parece que ocurra hoy) exigirá otras víctimas, que desde luego yo no inventé, tan solo creo que entreví, pues “Minga!” muestra un ejemplo de esas nuevas víctimas, ya no Martín Fierro sino Pablo von Paulus, aunque sea una víctima imaginaria que se refugia en un Desierto imaginario, ya que hoy no hay verdaderos Desiertos aunque haya infiernos inventados, muy eficaces.

     

    MINGA! VUELVE

    En “Minga!” hay continuas y macedonianas reflexiones sobre el arte novelesco, diálogos con el lector: como saben los lectores que no saltean… (Macedonio XXX), referencias a los personajes más allá de la trama narrativa misma, referencias al autor como personaje, también, de su novela. Y hay, claro, referencias a esa otra literatura a la cual el texto propio se opone – como en Macedonio, que en su escritura, como cuñas, insertaba feroces críticas a la novela realista. En la novela de Di Paola, los oponentes explícitamente visibles, en lo que hace a la novelística, son los Dioses Pluma: aquellos escritores que se las saben todas y, convengamos, son legión y cierto componente populista presente en la tradición de la narrativa argentina. Una escena, en la cual Pablo asciende a un camión en el regreso a su ciudad lo ejemplifica: Se trata de un camionero no alegórico – leemos en “Minga” – No es “el pueblo” como en alguna otra novela. Dipi, explícito, explica: El camionero es el de “Sobre héroes y tumbas”, que alegoriza sobre el pueblo que el camionero representa. Es un terrible lugar común, el camionero bueno, el campesino bueno, el pobre bueno o el rico malo. Es decir, explicar por el prejuicio. Cualquier generalidad es antiliteraria. La escritura siempre es un caso particular. La literatura populista ya ni sé lo que es, parece una cosa y es otra. Ni puedo leer sus convenciones; el populismo no sólo arruina la política, arruina la escritura, arruina el pensamiento; hasta Cortázar quiere obtener aprobación con ciertos guiños que aparecen en su prosa, aunque desde luego sólo es secretamente populista. Yo admiro en cambio lo popular, y entre lo popular la gauchesca y el “Martín Fierro”, que en cierto modo “Minga!” intenta reescribir, claro que sin una obediencia literal a su historia. Pero el personaje de “Minga!” sufre casi sus mismas tribulaciones. Alguna vez estuve tentado de escribir La Güelta de Minga, otro chiste, ya que las segundas partes son buenas cuando el éxito de la primera es irresistible y el de “Minga!” fue muy modesto ¿no?…Pero el personaje se perdió en el camino, “detrás de una curva y de un monte de pinos” así que ni siquiera pudo concluirse la ida.

     

    QUERIDO MONSTRUO

    Nuestro querido von Paulus arma antologías con manuscritos encontrados por ahí, al azar, en la calle. Con esos escritos construye una suerte de obra de papeles encontrados. Algo similar opera en un escritor: con lecturas de aquí y de allá, azarosas las más, construye, lentamente, su propia tradición o un freak según la definición de Dipi que, si de algo está seguro es de que es o, acaso, fue un lector fervoroso: Cuando a los 8 años me escapé de mi casa después de leer una versión infantil del “Robinson Crusoe” debí comprender ya entonces que lo único que me iba a importar era, con el auxilio de la suerte llegar a escribir alguna vez un libro que haga huir de su casa a un chico del futuro para vivir como el libro le mostró que era posible. Y ahora, sí, de este monstruoso modo fue construido ese freak que es Dipi: Con Macedonio me ocurre algo rarísimo, reconozco que se estableció como la influencia más influyente en mis textos, aunque tengo una especie de amnesia de sus textos. Recuerdo muy bien sus anécdotas y chistes, lo que es desconsiderado con su obra. Pero la mayor influencia—y participación en el freak—es la temprana lectura de Chesterton, que empecé leer a los trece y nunca dejé de hacerlo cada tanto. De él aprendí el amor por el juego y la paradoja, la felicidad de escribir, y me salvó bastante, aunque no del todo, de cierta tendencia al dramatismo y aún a la tragedia. Quisiera conservar algo del placer de haber leído a Nabokov cuyo humor e inteligencia admiro. Esto molestaba muchísimo a Gombrowicz quien decía que Nabokov era “asqueroso”, pero yo me burlaba diciendo que el antecedente de “Lolita” era la colegiala de “Ferdydurke” y lo hacía reír. No sé cómo pero me han influenciado mucho lecturas tempranas del “Martín Fierro”, creo que mucho más que Arlt, otro de los autores “asquerosos” para Gombrowicz. La estética de Gombrowicz me importaba menos que su influencia ética y las frecuentes profecías del Diario siempre me maravillaron. Es el libro que más recomiendo. Creo que hay una sustancia esclarecedora única del fin de siglo en ese libro, una lucidez que se expresa como de entrecasa, como desayunando y escapando de la jerga profesoral. De Borges, algunos como Briante y otros no tantos como podría pensarse de mi generación, aprendimos a escribir en un feliz castellano, en un feliz idioma argentino que leímos de él. La estructura de sus cuentos siempre me maravilló. En una discusión con Gombrowicz descubrí que él no lo había leído y lo presioné y le presté “La muerte y la brújula”, que le pareció muy bueno “pero eso entre nosotros” ya que siguió hablando pestes de Borges. Ellos son algunos de los pilares de este freak, este monstruo hecho de partes que vengo a ser, después de esa mañana en que me escapé de casa, sin peleas familiares, para vivir como Robinson Crusoe, pero debajo del puente de un arroyo.

     

    NOVELA SE BUSCA

    ¿Todo tiene un final, todo termina? Una novela no tiene un fin, aunque acaso un por fin. El final cerradito es para el Dios Pluma, el escritor que se la tiene bien sabida para construir desenlaces. ¿Alguien vio a “Minga!” por ahí? El chiste gigantesco que es toda la novela supone que aunque conduce a una conclusión, la novela se va( de sí misma )a varios kilómetros por hora… si se tratara de un Dios Pluma, que tiene todos los puntos de vista, este narrador hipotético vería al personaje en cualquier situación; sin embargo se le pierde “en un recodo del camino” lo que a mi juicio de lector no está tan mal, ya que el relato se abre a nuevas posibilidades, aunque más no sea como tema de reflexión y como aparición de una intriga que se agrega a la imagen final de Von Paulus huyendo del perro negro. “Minga!” en realidad se construyó siempre como una cebolla no euclidiana, de varias dimensiones. Tiene capas y planos superpuestos y resonancias que reverberan en la luz y en la oscuridad. Si ven a “Minga!” por ahí, sujétenla o, al menos, avisen. Y si quieren saber de qué perro negro huye von Paulus, lean la novela.

    dipaola

  • PERDIENDO VELOCIDAD / UN CUENTO DE SAMANTA SCHWEBLIN

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    Vía Samanta Schweblin

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    Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.

    —¿Qué pasa? —le pregunté.

    Tardó en sacar la vista de los huevos.

    —Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.

    Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.

    —No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.

    —¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.

    Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas aterciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.

    Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.

    —Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.

    Miró los huevos.

    —Creo que me estoy por morir.

    Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.

    —Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.

    Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.

     

    Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.

    —¿Café? —pregunto.

    —¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.

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